Ramiro Peña Austin

Ramiro Peña Austin vive en Washington DC.

Crónica búlgara: a veinte años de la transición

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Más que un destino turístico, Bulgaria es un país que no se conoce sin un poco de improvisación y buena suerte. Pero si este es el cometido, también hará falta el auxilio y buen consejo de una familia búlgara. En muchos países bastan cinco o diez palabras en inglés para no perder el camión o para ubicar el centro de una ciudad. Tal es el caso en los centros turísticos y aun en los lugares remotos de la vecina Turquía, donde nunca faltan las palabras del marchante con su inevitable sabor a inglés. En Bulgaria, estas cinco o diez palabras pueden dejar al viajero sin pasaje o sin boleto de museo. Las palabras que sirven para navegar otras latitudes –excuse me, do you know, where is – a veces no pasan la aduana búlgara, y cuando lo hacen es de mala gana. El inglés es lo que se escucha en la radio y televisión las 24 horas del día, pero esto no debe verse como un indicio de su popularidad. En Bulgaria hay que defenderse en un idioma que se remonta a los comienzos de la Edad Media, hablado por unos ocho millones de personas en el mundo y enriquecido a lo largo de los siglos por el griego, el latín, el turco, el ruso, el francés y todas las lenguas que han atravesado los Balcanes. El búlgaro, como otras lenguas eslavas, se escribe con el alfabeto cirílico, y hay que ser indulgentes con el viajero que lo ve por primera vez si se figura que ve un alfabeto de matemáticos o ajedrecistas. Cuando vemos la p del alfabeto latino, el búlgaro, como el ruso, pronuncia | r |. Cuando nos encontramos con lo que parece un З  –de 1, 2, 3 –, como si buscáramos sumar leones búlgaros para pagar la cuenta, el búlgaro dice | z |. Nuestra f con perfil de alfil y buena para adornar incunables se convierte en ф, que parece ecuación de cálculo diferencial. Sofía, la capital del país, se escribe София y se pronuncia Sófia, y esto es lo primero que uno escucha al aterrizar en esta bella ciudad rodeada de montañas. ¿Adónde?

  

La carrera de la prosperidad

 

 

Sofía está ubicada en un valle de la cordillera de Vitosha en la parte occidental del país. Su posición geográfica se debe en gran parte a las vicisitudes de la historia. Tras la independencia búlgara del Imperio Otomano en 1878, los búlgaros buscaron un expediente para anexar los territorios macedonios y asegurar la recuperación de un vasto territorio conocido como Rumelia Oriental. Este expediente fue el lejano poblado de Sofía, que disfrutaba de una posición estratégica en un cruce de caminos entre las Vitosha en el sur y la cordillera de los Balcanes. Macedonia seguiría su propio camino pero Bulgaria recuperaría Rumelia Oriental en 1885, y desde entonces los búlgaros conmemoran la unificación del país. A partir de esta fecha, y diríase que de manera casi milagrosa, Sofía se las ha arreglado para construir un centro histórico que compite en belleza con muchos centros más antiguos. Si Praga es el París del Este, Sofía es la Praga de los Balcanes.

 

Sin embargo, esta no es la primera impresión que nos da la ciudad al salir del aeropuerto internacional. Sofía esconde su bellísimo centro histórico entre un laberinto de torres residenciales y complejos ocupacionales en estado de deterioro. Una de las metas del régimen comunista fue proveer una vivienda a todos los trabajadores del estado, y para hacerlo tuvo que construir edificios con paneles o placas de cemento prefabricadas que servían para los pisos, los techos y las paredes. Esta era la manera más rápida y económica de alojar a la población. El resultado, treinta o cuarenta años después, es un panorama uniforme y desolador que nos hace pensar en el urbanismo utópico que imaginaron los primeros modernistas. El viajero se sorprende al comprobar que gran parte de la ciudad no es otra cosa que un parque residencial o project al estilo neoyorkino. Dado que la población del país no asciende ni a los ocho millones de habitantes, en un territorio de 110,910 kilómetros cuadrados, no había razón para construir hacia arriba, pero los comunistas estaban convencidos de que construían una sociedad industrial, y la gente tenía que vivir en torres residenciales antes que en granjas visitadas por la vid. Pero la placa de cemento no es el único motivo arquitectónico de la capital. En las afueras, en el perímetro de esta ciudad sin suburbios, se pueden ver las chimeneas de las viejas fábricas metalúrgicas, solo ocultas cuando se transita por las calles estrechas del centro. Todas las ciudades del país tienen su chimenea –hasta los lugares más pintorescos del Mar Negro –, y los búlgaros explican que su beneficio era más bien psicológico y no económico. Construir una fábrica química o metalúrgica era la manera de decir ‘estamos trabajando.’ Sofía fue víctima de muchos proyectos similares. Fuera de su centro histórico, que es un verdadero museo al aire libre, la ciudad se empieza a desordenar en avenidas y parques industriales y el efecto del centro se pierde entre los colores grisáceos y la lluvia de una ciudad congestionada.

 

La imagen negativa del país que vemos con frecuencia en los medios internacionales encuentra una confirmación visual al llegar a la capital. Pero una vez asimilada esta primera impresión, se hace evidente un aspecto de la sociedad búlgara que no siempre recibe cobertura en la prensa europea (los aliados búlgaros en Irak son de interés marginal en la prensa norteamericana). La muy mentada historia de políticos corruptos y ganaderos intransigentes de pronto se torna inadecuada para explicar lo que ocurre dentro del país. Si ésta es la brújula con la que llega el viajero, tendrá que desecharla a los pocos días de haber llegado. Solo hay que caminar un par de cuadras para dar con una de las paradojas de la Bulgaria moderna: el país envejece y exporta talento, pero ha hecho suya una cultura empresarial que privilegia la iniciativa y la competencia. Aún más: la apertura económica ha sido acompañada de una apertura mediática y cultural sin precedente. Como muchos de sus vecinos de la Europa del Este, Bulgaria parece celebrar una segunda juventud capitalista. Es raro el comercio donde no esté prendido un televisor o una radio solo para recordar a los concurrentes que la monotonía del viejo canal comunista se acabó. En la radio, los géneros musicales de la mezcladora global se han asimilado y están dando sus primeros frutos locales: el turbo folk de los Balcanes toma de la música house y acompaña con el kaval tradicional o un saxofón que parece seguir una partitura de música turca. En la televisión, además de las novelas venezolanas y mexicanas que entretienen a las amas de casa de provincia, se ven los mismos programas que han cautivado a los televidentes de otras latitudes: bailando con la estrellas, cantando por un sueño y otros espectáculos en su versión búlgara. En el mundo de la publicidad, y muy al estilo europeo, el denominador común parece ser la poca ropa y la provocación. Para celebrar la llegada del 2008 una cadena de panaderías mandó imprimir calendarios tamaño cartera donde figuran búlgaras adeptas al masoquismo. Las modelos de los noventas – retrospectivamente conservadoras – se han despojado de la minifalda para revelar la obstrucción de una manzana justo en el ángulo adecuado. Todas las marcas codiciadas hoy son puestas a lucir en los escaparates de una sociedad que, si no se ha despojado del pudor, sí de la ideología.  

 

La naturaleza de estos cambios políticos, económicos y culturales ha polarizado a la población entre los que se adaptan a lo que ocurre dentro y fuera del país y los que ven con nostalgia el viejo estatus quo, como los pensionados, que siguen votando por el partido socialista. Aun así, el cambio parece irreversible, y muchos búlgaros están convencidos de que, para bien o para mal, ya no hay vuelta atrás. Si en algo coinciden los que han emigrado y los que se han quedado en casa es en que su país puede ser irreconocible en dos o tres generaciones. Quien hubiera visitado el país en la primera mitad de los años 90, poco después de la caída del Zhivkov y los comunistas, y regresado una década después, a principios o a mediados del decenio que corre, no podría ignorar el salto cualitativo no solo en los servicios al turista sino el impresionante despegue comercial y empresarial. Los bulevares tristes e interminables de antaño, donde todo parecía semiclausurado y donde no se podía caminar sin experimentar una sensación de lo absurdo de la visita, hoy son hormigueros de pequeños comercios y actividad humana. La gente ha vuelto a las calles y a los lugares antes reservados para la vanguardia del proletariado: bellísimos parques de principios de siglo, plazas donde se venden golosinas y artesanías, miradores, fuentes, iglesias, en fin, todos esos sitios donde se vive y se transmite la experiencia de una ciudad. Sofía ha dejado de ser una ciudad clausurada por la ideología, y hoy busca soluciones para los problemas de toda ciudad moderna: más vehículos en las avenidas, una mayor demanda de servicios públicos y un mercado laboral que no siempre satisface las expectativas de los jóvenes que desean quedarse en el país. En los últimos 20 años más de 700,000 búlgaros han emigrado a Europa y los Estados Unidos en busca de oportunidades. Para muchos, esta diáspora de talento y juventud representa una grave amenaza para el futuro del país, y bien puede serlo. Pero lo curioso es que estos retos son un incentivo para poner manos a la obra y no para cruzarse de brazos. Váyase quien se vaya, Bulgaria sigue modernizándose y el empresariado dentro del país – compuesto en su mayoría por pequeños empresarios – se ha remangado para que su país prospere. No hay comercio grande o pequeño detrás de cuyo mostrador no haya un dueño orgulloso de lo que ha construido a su alrededor: boticarios, joyeros, pintores de cerámica, expertos en electrodomésticos, filatelistas, revisteros. No hay nicho comercial o servicio que no haya llamado la atención de un empresario: agencias inmobiliarias en Internet, consultarías para invertir en Bulgaria, alquiler de vehículos y motocicletas, venta de productos por televisión… Quien llegara a Bulgaria con la idea de poner un negocio “novedoso” pronto se llevaría la sorpresa de que ya tiene competencia, y hablando en búlgaro.        

 

Como era de esperarse, esta apertura económica no ha sido ignorada por las grandes cadenas europeas. Todo lo que el ciudadano búlgaro deseaba y que no podía adquirir (o que desconocía) en épocas comunistas de pronto está a su alcance, y los vecinos europeos han llegado para proveérselo. Billa, la cadena austriaca de supermercados, compite por todo el país con Metro, suerte de Sam’s Club alemán que ha tenido un gran éxito por toda la Europa del Este. El Mr. Bricolage francés compite con el Praktiker alemán y el improvisado Praktis, que de pronto se vio en compañía del monstruo que imitaba. La llegada de estas cadenas de bricolaje no es accidental: el mercado inmobiliario búlgaro también ha subido el volumen y atraviesa algo parecido a la fiebre de los especuladores de oro que llegaron a California a mediados del siglo 19. Gracias a un mercado crediticio flexible muchos búlgaros han tomado el riesgo de financiar una o hasta dos propiedades en diferentes partes del país. En muchas ciudades búlgaras se empiezan a ver desarrollos residenciales y edificios de lujo junto a los proyectos de la época comunista. El vidrio ha llegado a poner en evidencia la fealdad de sus vecinos. Pero los búlgaros no son los únicos que están metiendo sus monedas en la baza. Los vecinos de la Europa adinerada están descubriendo que pueden adquirir una propiedad en la playa o en una estación de esquí por una fracción del valor de una propiedad en Europa occidental. Los compradores ingleses, alemanes y rusos van en la cresta de la ola, y no faltan familias extranjeras que tienen su casa en las montañas y en la playa. Aun así, están por verse los efectos dentro del país de la crisis inmobiliaria en los Estados Unidos y la Europa adinerada. 

 

La construcción y venta de espacios comerciales no se que queda atrás. Hace unos años se reunieron personalidades de la política y el mundo del entretenimiento (mejor dicho: la farándula) para inaugurar los 70,000 metros cuadrados del famoso Sofia Mall, que asusta hasta los ingleses con sus precios. Hasta la fecha el mall compite en armonía con los comercios de centro, pero está por verse si el consumidor búlgaro acaba prefiriendo el lujo americanizado del primero. Siempre atentas a lo que ocurre en la capital, las ciudades de provincia ya planean su propio centro comercial en las afueras, y muchos edificios antiguos en los centros urbanos se han improvisado como tales. Otro comercio que se ve por todos lados y que es emblemático del glasnost búlgaro: el sex shop. Toda ciudad búlgara que se precie de serlo tiene su “sex well shop”, que parece ser una de las franquicias más exitosas del país. Ser moderno es tener y tolerar un sex shop en los alrededores, y esto lo sabe hasta el búlgaro más conservador.    

 

Esta carrera en pos de la prosperidad ya empieza a generar tensiones sociales y políticas. También está transformando de manera impredecible la geografía urbana y ecológica del país. Si la capital es un escaparate para ver las enormes desigualdades que empiezan a dividir a la población, como sugería un reportero de El País, las costas del Mar Negro dan una indicación de lo que se aviene en el mercado inmobiliario. Hay que estar ciego para no ver los nubarrones que se ciernen sobre estos centros turísticos cuyo desarrollo parece obedecer una lógica suicida. No en vano el Mar Negro debe su nombre a la ferocidad de sus temporales, que tanto temían los navegantes de la Antigüedad. En Nesebar y Sozopol todavía se pueden ver las fortificaciones y las iglesias de las colonias bizantinas, con sus fachadas de ladrillo y sus bóvedas intactas, algunas decoradas con piececillas de cerámica que parecen conchas incrustadas. Pero estas edificaciones no son lo que llaman la atención del turista, sino lo que ocurre en los alrededores.

 

Donde hace apenas veinte años había espacios abiertos de playa y pequeños bungalows reservados para la vanguardia proletaria, hoy se pueden ver enormes complejos residenciales, hoteles y casinos que bien podrían estar en cualquier paraíso fiscal caribeño. Los búlgaros siguieron el camino de los especuladores españoles, y el resultado fue una estampida de compañías constructoras hacia la playa. Pero eso no fue todo: los primeros que desarrollaron quisieron construir beach resorts tal y como los que habían visto en los viejos episodios de Bay Watch o Miami Vice. Imitaron las avenidas largas junto a la playa (el “strip”), adornaron las fachadas con palmeras de neón  y fueron levantando torres y hoteles sin ley u ordenanza alguna. Muchos constructores amanecieron con la sorpresa de un hotel de treinta pisos entre su ventana y el rítmico reventar de las olas. En Slanchev Bryag, o Sunny Beach, es tal el desarrollo que los búlgaros empiezan a especular si es un lugar para vacacionar o un inmenso lavadero de dinero para todos los primos eslavos. Hace poco se habló mucho de un “empresario” ruso que llegó al país cargado de euros. ¿Su negocio? La compara y venta de inmuebles en el Mar Negro. (Un país se empieza a conocer por el folclore de sus villanos.)

 

Esta fiebre inmobiliaria también se ve en las estaciones de esquí y los centros vacacionales de las Ródopes, en el sur. La apuesta de muchos inversionistas – entre ellos la novia del alcalde de Sofía – es construir estaciones de esquí que compitan con las mejores de Europa. En lugares como Bansko, Borovets y Razlog, con sus paisajes montañosos y sus pistas de competencia, se empiezan a ver servicios y opciones de alojamiento que hubieran sido impensables hace apenas unos años. En Pamporóvo, en el centro de las Ródopes, parece haber una ordenanza que prohíbe la construcción de edificios según el capricho del arquitecto o el patrón. Todos los hoteles y complejos residenciales incorporan elementos de la arquitectura búlgaro-otomana, y esto da al lugar un carácter no solo tradicional sino elegante. Esta arquitectura se puede ver por toda la Anatolia turca, Estambul y en los centros históricos de Bulgaria. Su rasgo característico es un segundo o tercer piso sobrevolado (como el salidizo) y apoyado en vigas de madera que parecen cariátides. Vistos a la distancia tras una tenue cortina de nieve, estos edificios parecen fortalezas construidas por pueblos llegados de las estepas del Asia Central, y aun de más lejos: del extremo Oriente. Vistos de cerca, resultan ser inmensos konaks otomanos, o casas con el salidizo y techos de madera o teja cuadrangulares. Alertados por lo que ocurrió en las costas del Mar Negro, los desarrolladores están empezando a construir centros turísticos más sustentables y con lo mejor de la arquitectura tradicional. Por otra parte, esta arquitectura siempre ha sido un símbolo de prosperidad, y aún más: de estatus y posición social.

 

En las ciudades del Valle de Tracia y del Norte, los centros históricos de pronto se han hecho atractivos para vivir “a la antigua”, como los grandes mercaderes de antaño. En Koprivshtitsa, en la cordillera de los Balcanes, los búlgaros más afortunados se construyen casas al estilo otomano, con vistas al campo y a la mitad de un pueblo antiguo que parece construido para el placer de los acuarelistas. Aquí todavía se pueden visitar las casas de los héroes de la Independencia: Georgi Benkovski, Todor Kableshkov y Luben Karavelov, panfletista y perseguidor de los simpatizantes del sultán. Aquí también tiene su casa Dimicho Debeljanov, gran poeta del siglo 19 y traductor de William Shakespeare. Debeljanov dejó Koprivshtista a principios de 1916 para pelear en el frente macedonio. La estatua de su madre todavía aguarda su regreso en el patio de su casa pintada de azul, una verdadera joya de la arquitectura búlgaro-otomana.

  

Miembros del club

 

Los años nuevos búlgaros se celebran como en otras latitudes: hay fuegos artificiales, convite con la familia y los amigos y la seguridad de la población es encomendada a un santo patrono en virtud al puente improvisado por la policía. Los que se acuerdan de estos días de regocijo dicen nunca haber escuchado un estruendo de fuegos artificiales como el que se escuchó la noche del 31 de diciembre de 2006. Al dar la media noche, Bulgaria, junto con Rumanía, se convirtió en un estado miembro de la Unión Europea después de un largo proceso de integración. Esa noche fue un parteaguas en la historia moderna de Bulgaria. No solo culminaban años de incertidumbre, también se cancelaba la posibilidad de que Bulgaria quedara marginada de la política y los mercados de capitales europeos. La integración legitimaba las aspiraciones democráticas del Estado búlgaro y desmentía los argumentos de los euroescépticos dentro y fuera del país. Esa noche hasta los búlgaros que hacen gala de su escepticismo (que no son pocos) se sintieron secretamente alagados. Y es que la invitación a su boda con Europa no solo les garantizaba un lugar envidiable en el convite regional sino una dote que hasta la fecha pelean por administrar.

 

Los países de la Unión Europea son elegibles para recibir fondos estructurales para promover las llamadas políticas de solidaridad y cohesión. Estas políticas van de la sanidad municipal a la investigación y el desarrollo de tecnologías de punta. Pero los beneficios no son solo económicos: al integrarse a la comunidad europea los países se comprometen a los valores y derechos fundamentales de la Unión, y actúan en concierto para garantizar la paz, la estabilidad y la protección del medio ambiente. El primer objetivo sigue siendo el eje de la Unión y puede verse como una suerte de póliza diplomática nada despreciable para los países de la Europa Oriental, tan cercanos a la nueva Rusia autoritaria. Como reza el viejo adagio en la página de Internet de la Unión: “la unión hace la fuerza.” Pero quizás lo más significativo de la integración búlgara no resida en los beneficios económicos o en el aura de respetabilidad que confiere la membresía, sino en el camino recorrido por el pueblo búlgaro para acceder a una organización supranacional, progresista y liberal como la Unión Europea. Bien visto, la integración no es solo un parteaguas en el pasado inmediato del país sino en su trayectoria como nación independiente. Para un país con las relaciones de familia de Bulgaria, que van de la rusofilia beligerante al paneslavismo, esto no es cualquier cosa.

 

Bulgaria fue un estado satélite de la Unión Soviética por más de cuarenta años. Pero su trayectoria y la de su poderoso vecino del norte se entrecruzan desde mucho antes. Ya en épocas del Imperio Otomano la Rusia de los zares se había proclamado protectora de la ortodoxia en los pueblos de los Balcanes. Tras la derrota de la flotilla otomana en la Guerra Ruso-Turca de 1768, Rusia trataría de imponer su primacía geopolítica por todo el Mar Negro y hasta el Danubio. Para muchos rusos era necesario proteger a los “pequeños hermanos eslavos” bajo el manto imperial. Detrás de este designio geopolítico también se podían discernir las primeras manifestaciones de un paneslavismo que allanaría el camino a los movimientos nacionalistas del siglo 19. Rusia sería vista no solo como protectora de la fe, sino como posible aliada militar a la hora de enfrentar al turco. Bulgaria no sería la excepción: en palabras de un personaje de Iván Vasov, patriarca de las letras búlgaras y autor de la novela Bajo el yugo, Rusia era el “abuelo Iván” (Dyado Ivan) que vendría a liberar al pueblo búlgaro del yugo otomano. Esta promesa quedaría incumplida después de la derrota rusa en la Guerra de Crimea, presenciada por Lev Tolstói en Sevastopol, pero se haría realidad unos años más tarde cuando un regimiento ruso atraviesa el Danubio para restablecer el orden después de una masacre perpetrada por fuerzas otomanas. A este acontecimiento se le conoce como la “liberación” de Bulgaria, y serviría a los comunistas del siglo 20 para montar toda una propaganda nacionalista.

 

Sin embargo, la relación entre ambos países también ha conocido momentos de tensión y hasta hostilidad. Durante la consolidación del estado búlgaro, como en etapas posteriores, las clases dirigentes en Sofía veían con recelo a la superpotencia de los zares, y en varias ocasiones habría serios altercados entre el “pequeño hermano eslavo” y el Abuelo Iván. Ubicada en la periferia del Imperio Otomano y rodeada de vecinos también embriagados por los vientos del nacionalismo, Bulgaria con frecuencia se vio en la necesidad de buscar “patrocinadores” entre las potencias de Europa occidental. Como lo expresa el título de un peculiar ensayo de Yanko Yanev, escritor búlgaro de entreguerras, Bulgaria siempre ha tenido que jugarse la suerte “entre el Oriente y el Occidente.” Durante el siglo 20 haría dos apuestas en las que perdería una buena parte del territorio nacional. La segunda apuesta, a favor de la Alemania nazi, contribuiría al derrocamiento del gobierno de coalición que había neutralizado a las fuerzas comunistas. La suerte de Bulgaria estaba echada: el país que había dado sus primeros pasos bajo la tutela de un monarca y una asamblea representativa, en adelante sería un estado satélite gobernado por una clase política servil a los intereses de Moscú. Como la estatua del soldado ruso Aliosha en uno de los promontorios del Trimontium romano, hoy Plovdiv, el país daría la espalda al Occidente y quedaría a la expectativa del nuevo amanecer proletario. 

  

¿Buena vecindad?  

  

Bulgaria y Grecia comparten una frontera de aproximadamente 500 kilómetros. Hasta la fecha solo hay dos carreteras hábiles para cruzar esta frontera. Hace poco los búlgaros terminaron una carretera que serpentea por las Ródopes hasta llegar a Grecia, pero aun esperan que sus vecinos completen el tramo desde Tesalónica, en el norte, hasta la frontera búlgara. El tránsito entre Bulgaria y Turquía solo es posible por una carretera de dos carriles que parece construida para el Trebant alemán, mejor conocido por su carrocería de plástico con fibra de algodón y su motor de capulina. Al integrarse a la comunidad europea los búlgaros tuvieron el gusto de adornar su aduana con toda la parafernalia de banderas, avisos y cortesías de la Unión –como diciendo a los turcos: ‘ya somos del club, ¿y ustedes?’ En la frontera con Rumanía, hacia el norte, y gracias a los fondos estructurales de la Unión, se echan los cimientos de un segundo puente sobre el Danubio, y hemos de suponer que búlgaros y rumanos interpretan esto como un gesto diplomático para con sus rústicos vecinos. Si se piensa que aun dentro de Bulgaria hay una división entre el sur “cosmopolita” y el norte “rústico”, no es difícil deducir la categoría socio-geográfica de los vecinos rumanos. Un dicho búlgaro dice así: No te ahogues como un vlach (rumano) en el último trecho del Danubio. (No conocemos la respuesta rumana, que seguro la hay.) Hacia el oeste están los hermanos macedonios. Pero es mejor dejarlos en paz por malagradecidos. Una periodista búlgara recalcaba no hace mucho que la liberación de Macedonia (1903) había sido obra de los búlgaros, y que jamás hubo historiador o estadista que no pensara en tierras búlgaras al hablar de Macedonia.    Armada hasta con citas de viajeros españoles del siglo 19, remataba: “Se extinguieron los ideales patrióticos (de los macedonios), pero no el recuerdo (búlgaro) de ellos.” Pero este chantage geopolítico no termina ahí: si se le pregunta a un griego nacionalista, Macedonia no es ni de los macedonios ni mucho menos de los búlgaros, sino de de los griegos. Y esta la razón por la cual se puede leer cierto desafío (o advertencia diplomática) en el nombre oficial de Macedonia: República de Macedonia, que todavía espera su invitación a la boda europea. Por su parte, los griegos valientes que se aventuran a los viñedos de Melnik, a unos kilómetros de su frontera, pueden pasar un rato agradable con sus contrapartes búlgaros hablando del Olimpo y el Músala, éste en el sur de Bulgaria. ¿El tema de discusión? Ahí está el meollo: cuál es más alto. Y es mejor no decir nada de los vecinos serbios, bosníacos, croatas, albanos, montenegrinos, herzegovinos y kosovares… Bulgaria es una isla en un archipiélago de susceptibilidades.

 

Este anecdotario de reticencias y recelos entre vecinos, donde no falta la ironía y el buen humor, a veces se convierte en una perorata de recriminaciones cuando se toca el tema del vecino turco. Antes que preguntarle a un búlgaro sobre los otomanos y sus bisnietos los turcos es mejor servirse una copita de raikia para digerir el postre turco recién despachado: solo así se puede entrar en materia. Como nos recuerda el historiador R.J. Crampton –y cualquier búlgaro a quien se le pregunte –, los otomanos no siempre fueron los administradores cosmopolitas que se ven hasta la fecha en las excelsas miniaturas de los pintores de Estambul, tan admiradas por el amigo Orhan Pamuk. La administración otomana separaba jurisdicciones de acuerdo a la religión, pero no reconocía diferencias étnicas o culturales. Búlgaros, serbios, griegos, macedonios… todos eran la misma cosa, súbditos de segunda clase. Las comunidades cristianas pagaban impuestos más altos, entre ellos el devrishisme, que era una leva de niños entre los siete y catorce años que serían convertidos al Islam y entrenados para las armas. El sultán recurría a este impuesto para engrosar las filas del ejército otomano. Las conversiones forzadas de pueblos enteros fueron comunes durante el siglo 17, y no se desconocía el rapto y la violación de mujeres búlgaras. Pero esto no fue todo: los búlgaros solo pudieron conservar su lenguaje y sus tradiciones aislándose en los pueblos y monasterios de las altas cordilleras. La cultura búlgara tuvo que refugiarse para sobrevivir y la historia de su supervivencia es quizás uno de los capítulos más fascinantes de la historia de los Balcanes. Siglos después, estos pueblos y monasterios protagonizarían lo que se conoce como el “despertar” de la cultura búlgara.

 

Dados estos antecedentes, no es sorprendente ver las reacciones ambiguas que a veces ocasionan los vecinos turcos. Sin embargo, hay un aspecto de este tema búlgaro-otomano que quizás no se haya investigado a fondo, y tiene que ver con la manipulación de símbolos y sentimientos orquestada por los comunistas. El sentimiento antiturco, como es obvio, no nace con Zhivkov, pero encuentra nuevos cauces y motivos de agravio que sirven al régimen para ocultar su legendaria ineptitud. Pero no solo eso, no hubo héroe de la independencia por difunto que estuviera que no fuera condecorado por el partido comunista. Esto ya se ha visto en otras latitudes: cuando los poderes fácticos pierden la legitimidad, o cuando apenas la construyen o la ponen a prueba de los electores (cosa que nunca hicieron los comunistas), es común ver una vuelta al pasado para reacomodar las genealogías. El legado ambiguo de los abuelos de pronto se convierte en la plataforma de los dirigentes. La discusión en México en torno al mito de la Revolución y los años posteriores es un buen ejemplo (véase la obra de Thomas Benjamin). La Bulgaria comunista también fue buena jardinera y podadora de su árbol genealógico. Y no le costó mucho trabajo encontrar a los responsables de sus males reales e imaginarios: el turco y el fascista. Quien recorra el país con esta tesis en mente (acaso trillada, pero en Bulgaria aun peligrosa) se dará cuenta que no falta tela de dónde cortar.

 

Es de suponerse que la historiografía búlgara ya hizo inventario de esta propaganda, y aquí solo ofrecemos un ejemplo, una reliquia encontrada al azar. En un promontorio del pequeño poblado de Perushtitsa, en las faldas de las Ródopes, se puede ver un monumento que reúne varios elementos del realismo socialista. El patio de este lugar está escalonado en tres secciones y cerrado por una pared de granito con bajos relieves de figuras alegóricas: el pueblo, la soldadesca, la victoria, etc. En el centro hay una galería circular subterránea en cuyo centro podemos ver lo que parece una versión moderna de un sarcófago helenista. Al decir de los del pueblo, todas las decoraciones de cobre y metal que adornaban el lugar fueron robadas por los gitanos, que siguen siendo discriminados por ciertos sectores de la población. Pero lo más curioso del asunto es que este monumento a la revolución socialista fue erigido en un lugar mejor conocido por la barbaridad otomana ahí perpetrada. Este fue el cerro donde fueron traicionados y acribillados tres venerables habitantes de Perushtitsa que, en 1876, trataban de llegar a un acuerdo con los emisarios del sultán; y nadie en el pueblo, grande o pequeño, culto o ignorante, lo ignora. La selección del lugar no fue accidental: los comunistas en Sofía buscaban atizar las llamas del sentimiento antiturco cada vez que se presentaba la oportunidad. Cuando las cosas iban mal ¿qué mejor estrategia que remover las cenizas de las barbaridades otomanas? Cuando la competitividad del país se desplomaba ¿porqué no buscar un chivo expiatorio para justificar la pobreza de la planta productiva? A juzgar por las opiniones que todavía ocasionan los vecinos turcos, hay que concluir que la estrategia pagó sus réditos al régimen.

 

En los últimos años del régimen, con una Turquía cada vez más próspera y cosmopolita en su vecindad, y con Zhivkov olvidado en las antesalas del Kremlin, como un triste desecho geopolítico, los comunistas arremetieron contra el turco por última vez. Fue entonces cuando lanzaron el “proceso regenerativo” mediante el cual la minoría turca sería asimilada a la sociedad búlgara. Los turcos dentro del país tendrían que adoptar nombres eslavos. Si se negaban, las autoridades locales seleccionarían un nombre al azar de una lista preparada por los expertos del comité central. Esta campaña discriminatoria también afectó a los búlgaros con apellidos griegos o rumanos. En Kardzhali se supo de un Nestor Nestorov que tuvo que apelar a las autoridades en Sofía para conservar el nombre de sus abuelos. Como era de esperarse, hasta los partidarios de Zhivkov dentro del Kremlin denunciaron la estupidez de esta campaña. La mezquita de Plovdiv que sirvió de basurero durante el proceso regenerativo hoy luce limpia y segura en el corazón de una ciudad que descubre la prosperidad. 

  

Avances y retrocesos

 

A diferencia de lo que pasó en Rumanía con Ceauşescu, el dictador comunista que gobernó ese país con mano de hierro por veinticuatro años, en Bulgaria la transición se llevó a cabo de manera gradual y sin un solo disparo. Zhivkov fue depuesto en 1989 por su círculo inmediato y enseguida iniciaron las negociaciones con una coalición democrática para redactar una constitución que garantizara las libertades políticas de la ciudadanía. Desde entonces el país goza de una democracia multipartidista que ha hecho valer – con avances y retrocesos aquí y allá – el Estado de derecho. En 2001 el electorado elevó al cargo de primer ministro a Simeón Saxecoburggotski, hijo del Rey Boris III de Bulgaria exiliado en España y presunto heredero al trono. Conocido como “el Rey” dentro del país, Simeón siguió negociando con Europa y no cayó en la tentación de restaurar la monarquía, como temían sus adversarios. Durante su gobierno el Instituto Cervantes abrió sus puertas en Sofía. Pero la Bulgaria post comunista también ha conocido momentos de dramatismo y telenovela, entre ellos la destitución del patriarca de la iglesia búlgara por haber colaborado con el régimen de Zhivkov, y un videoescándalo cuyo desenlace fue la renuncia de un líder partidista. El escándalo del Patriarca Maxim fue parte de un triste episodio de lustración o cacería de brujas para purgar a los viejos comunistas de la política búlgara. También se vieron rebrotes de odio étnico cuando los gobiernos de transición quisieron rectificar los atropellos del proceso regenerativo. La vieja guardia organizó movilizaciones y muchos maestros de provincia se declararon en huelga para impedir que el turco se enseñara en las escuelas. No deja de ser sorprendente que los políticos siguieran tendiendo puentes con Europa en medio de esta política de escándalos y crisis periódicas. Los mismos políticos que se apaleaban en casa se mostraban unidos y risueños al dar la cara a sus vecinos. En la actualidad el país forma parte de todas las organizaciones mundiales o regionales que promueven la convivencia y el libre intercambio comercial y cultural. Esto no tiene precedente en la historia de la Bulgaria independiente  –que no empieza en los ilustres albores de la Edad Media, como insisten, nostálgicos, varios intelectuales búlgaros, sino en 1878, y después una vez más en 1989. Borrada del mapa por el Imperio Otomano, y luego puesta fuera de juego en un rincón de la órbita soviética, Bulgaria apenas descubre las libertades y responsabilidades de un país libre y democrático, dueño de su presente y su porvenir.

  

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Sketch de Sancho Panza y Bai Ganio

 

Pocos años antes de que Bulgaria se integrara a la Unión Europea apareció una viñeta del ilustrador Iván Kutuzov en un periódico de la capital. En este cartón vemos una pequeña balsa a la mitad de un desierto en cuyo horizonte se ve la lejana y próspera “Europa”. La balsa no va a ningún lado pero está tripulada por ocho o nueve pasajeros representativos de los países de la región, entre ellos el búlgaro Bai Ganio y un turco con un pie en la popa y otro en la arena. Bai Ganio es quizás el personaje más conocido de la literatura búlgara. Concebido por Aleko Konstantinov en el transcurso de un viaje a los Estados Unidos y Canadá, Bai Ganio se convertiría en un símbolo deprecativo del carácter nacional. Cuando un búlgaro quiere insultar a un compatriota solo tiene que compararlo con Bai Ganio. Para hacernos una idea cabal del personaje hay que imaginar a un Sancho Panza igual de hablador pero menos sagaz que va por Europa presumiendo las maravillas de su ínsula búlgara. Como Sancho, Bai Ganio es locuaz, dicharachero y siempre está a la caza de una buena bota de vino. Ambos son regordetes y bajos de estatura pero llevan la frente muy en alto a pesar de su origen humilde. Antes que quedarse en casa trasquilando borregas o lidiando con la mujer, los dos prefieren hacer un poco de mundo o hasta política. Por último, el olor a sobaco acaricia ambas narices y en ambos casos este perfume de rosas pasa desapercibido. Pero hasta aquí el parecido entre campesinos: Sancho conoce la lealtad y la amistad, Bai Ganio personifica la desconfianza; lo que en Sancho es sociabilidad o amena palabrería, en Bai Ganio es majadería o verborrea; el escudero ignora sin despreciar, el otro se jacta de no saber nada fuera de que es un búlgaro prototípico; uno puede ser oportunista o hasta malicioso, el otro pillo y marrullero. Los batanes que asustan a Sancho hubieran merecido una imprecación de Bai Ganio, y de haber encontrado el camino a la Ínsula Barataria el búlgaro se hubiera convertido en un tirano. Tal es el personaje que, por segunda vez, se embarca rumbo a Europa en la viñeta de Kutuzov. ¿Pero esto es Bulgaria?

 

Unos meses después, tras otra ronda de negociaciones e incertidumbre, aparece en el mismo periódico otra viñeta de Kutuzov. Bai Ganio vuelve a figurar en ella pero lo novedoso es que no aparece como el viejo Bai Ganio, metiendo ruido en una balsa o peleándose con sus vecinos, sino como Sancho Panza. Don Quijote y Rocinante, como leones de circo, acaban de saltar por en medio del emblema europeo, y ahora voltean para ver qué fue del escudero. Bai Ganio aparece en su mula pero titubea, no sabe si librará la prueba. El mensaje es claro: el país puede naufragar en el intento o quedarse varado en una tierra de nadie, expuesto a los temporales del Mar Negro y sin respaldo económico y diplomático. La última ronda de negociaciones es, en efecto, la decisiva. Pero Kutuzov no reparó en algo fundamental: la prueba de la integración búlgara fue librada de antemano. Si Bai Ganio puede representar a Sancho Panza, y ocupar su lugar junto a Don Quijote, listo para hacer frente a molinos y yangüeses por igual, quiere decir que no solo es manchego, castellano y español, sino europeo. Es del mundo entero. Bai Ganio ha descubierto nada más y nada menos que al otro, y cosa inaudita para este campesino búlgaro, se ha reconocido en él.

 

 

Ramiro Peña Austin. (Ramiro Peña es mexicano y trabaja en Washington DC como editor para una consultoría.)   

 

Textos consultados:

A Concise History of Bulgaria, R. J. Crampton, Cambridge University Press, 1997

The Balkans: Nationalism, War & the Great Powers, 1804-1999, Misha Glenny, Vintage, 2000

Bulgarian Journeys: Metaphor in European Accession Discourses, Alina Curticapean, Tampere University

 Nota: R. J. Crampton acaba de publicar una historia general de la Bulgaria moderna (1878 – 2008): Bulgaria, Oxford University Press, 2007

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     

 

 

   

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

    

   

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Escrito por cronicabulgara

Julio 18, 2008 a 7:00 pm